
Cada cierto tiempo, el mundo académico español reabre el mismo debate, y estos días ha vuelto con fuerza: ¿cuánto debe pesar una estancia en el extranjero en la carrera de un investigador?, y, en el fondo, ¿cómo debe evaluarse su "potencial"? De esa respuesta dependen ayudas como la Juan de la Cierva, certificaciones, acreditaciones y, al final, la posibilidad de seguir viviendo de la ciencia. El debate suele plantearse como un choque, pero, si se lee con atención, las dos posturas que se enfrentan comparten mucho más de lo que parece. Y ahí, precisamente, está la clave.
Coincidimos más de lo que parece
La postura más sénior, que defiende la evaluación cualitativa por juicio experto, sostiene cosas difíciles de rebatir. Que lo que de verdad importa en un investigador (independencia, madurez, criterio propio, potencial) no cabe limpiamente en una rúbrica. Que los indicadores cuantitativos al uso, como el factor de impacto o los cuartiles, miden mal y a veces miden lo contrario de lo que dicen. Que una estancia es un medio valiosísimo para crecer, pero no el único. E incluso, en palabras de quienes mejor la defienden, que haber hecho una estancia no acredita por sí misma haber madurado.
Conviene detenerse en esto, porque es decisivo: esa última idea no es la objeción a nuestra tesis, es nuestra tesis. Quien defiende el valor de la estancia y quien advierte de sus límites están, en el fondo, diciendo lo mismo: lo que se quiere reconocer es la madurez científica, y la estancia es solo una de las formas, imperfecta, de aproximarse a ella.
Si hay tanto acuerdo, ¿dónde está el desacuerdo? En un punto concreto y a menudo invisible. La postura sénior confía en que un evaluador con criterio sabrá leer la madurez real más allá del dato. Y tiene razón en que un buen evaluador puede hacerlo. El problema es que el sistema, tomado en su conjunto, no funciona con ese ideal: necesita algo contable, comparable, defendible ante un recurso, y por esa pendiente ha terminado convirtiendo el medio en el fin. No mide la madurez. Mide su sombra más fácil de contar: los meses fuera.
El problema no es valorar la madurez. Es sustituirla por la estancia
Que esto no es una sospecha se ve en los propios baremos. En el bloque formal de estancias del sistema de acreditación de ANECA, solo son computables las estancias de tres meses o más; las más cortas pueden formar parte de una trayectoria internacional, pero no computan como estancia en ese apartado específico, y para acreditarse a profesor titular o a catedrático se exige acumular seis y doce meses de estancia, además de un mínimo de movilidad (ANECA, ACADEMIA 2024). Conviene distinguir planos: el ejemplo más rígido aparece en ANECA, donde el bloque formal de estancias exige mínimos temporales definidos; en convocatorias como Juan de la Cierva, la movilidad se valora de forma más cualitativa, dentro de la trayectoria del candidato. Pero el incentivo de fondo sigue siendo parecido: hacer visible la madurez investigadora mediante estancias, internacionalización y colaboraciones certificables. Lo que se cuenta, y por tanto lo que se persigue, es la ausencia larga y continuada. La colaboración internacional corta, intensa y repetida, ese ir y venir que hoy es perfectamente posible y que genera resultados y progreso visible, en muchas ocasiones más y de mejor calidad que una estancia larga, apenas computa en ese apartado formal.
Y ahí se consuma la sustitución. Empezamos queriendo medir madurez intelectual y acabamos midiendo meses de pasaporte. El medio se ha vuelto el fin, no porque nadie lo decidiera con mala intención, sino porque un sistema grande siempre tiende a sustituir lo que importa y es difícil de medir por lo que se aproxima y es fácil de contar. Quien defiende la estancia describe muy bien lo que una buena estancia aporta. Lo que el sistema ha hecho con esa descripción es otra cosa: la ha congelado en un requisito.
Para ver por qué eso es un error, hay que preguntarse qué era exactamente lo que queríamos medir.
Qué es, de verdad, la independencia científica
La independencia de la que hablamos no es un trámite ni una casilla administrativa. Es un proceso psicológico, lento y a menudo incómodo, y casi nada de él es visible en un certificado de estancia.
Empieza por algo tan simple y tan difícil como aprender a discrepar del supervisor: atreverse a defender un resultado, un método o una interpretación frente a la persona que tiene poder sobre tu carrera. Eso exige una seguridad para disentir que la jerarquía y la precariedad erosionan precisamente cuanto más la necesitas. Sigue por el desarrollo de un criterio propio: saber qué preguntas merecen la pena y confiar en tu propio juicio sobre qué es sólido, sin delegar esa confianza hacia arriba. Y culmina en el tránsito de ejecutar ideas ajenas a generar las propias, y a hacerse responsable de ellas.
Ese proceso tiene un enemigo silencioso, más difícil de nombrar porque no se parece a una orden. El joven llega a menudo mejor preparado que su entorno en cosas muy concretas: un idioma, una técnica reciente, una herramienta estadística o de programación que aprendió cuando quien lo dirige ya no aprendía ninguna. Y, sin embargo, es su trabajo el que se reescribe. Se corrige su estilo, se reescriben sus párrafos... Ocurre algo curioso: unas veces el sénior llevaba razón, como es lógico, y el joven termina reconociéndolo después; otras la corrección no añadía nada y era simplemente una absorción del estilo del supervisor. Pero el efecto, en ambos casos, es el mismo, y es el que de verdad importa: el joven aprende a desconfiar de su propio criterio antes incluso de defenderlo con la fuerza que sería necesaria para conseguir esa autonomía y termina abdicando.
Y existe una versión todavía más fina, casi invisible, que no es la imposición sino el debate simulado. Se discute la idea, se invita a opinar, el joven siente que participa de verdad, y aun así se termina aplicando el criterio del supervisor, muchas veces sin que el joven se dé cuenta de que ha cedido. Es una autonomía de regalo: una autonomía que se da con una mano y se retira con la otra. Discútelo cuanto quieras, yo haré por escucharte, pero, como tengo más criterio, no tengo duda de que acabarás haciendo lo que yo haría el 98 % de las veces. Esa es, quizá, la forma más eficaz de dependencia, porque se vive como acuerdo. Y es que, paradójicamente, el joven investigador necesita de ese acuerdo, porque su carrera depende de con quién está discutiendo distintas posiciones y, por tanto, si quiere quedarse, no está en disposición de tomar la suya propia, aunque fuera la acertada. No es libre.
Por eso la idea más importante de todo este debate es también la más sencilla de enunciar. La independencia científica no aparece el día en que un investigador cruza una frontera. Aparece el día en que deja de preguntarse qué pensaría su supervisor antes de tomar una decisión. Y ese día puede no llegar nunca aunque se crucen diez fronteras, o puede llegar sin salir de la propia ciudad. No se lee en un sello del pasaporte: se reconoce, si acaso, en la voz con la que alguien defiende lo suyo. Se puede pasar dos años en un laboratorio prestigioso ejecutando con brillantez el programa de otra persona y volver sin haber sido nunca dueño de una pregunta. Y se puede construir todo eso sin salir, en el grupo adecuado, con un mentor que te deje discutir. La estancia ni garantiza la madurez ni es imprescindible para ella; y eso, lejos de contradecir a quien defiende las estancias, confirma su mejor argumento.
La paradoja de la autonomía: el sistema entrena la dependencia y luego exige independencia
Si así se construye la independencia por dentro, conviene mirar qué hace el sistema por fuera. Y lo que hace es incómodo: el mismo sistema que exige independencia está diseñado, en paralelo, para dificultarla.
Pensemos en cómo trabaja realmente quien empieza. Cada producción científica, cada artículo, cada póster, casi cada solicitud de ayuda pasa por la validación de su supervisor, normalmente con varias vueltas, y termina adaptándose a su criterio y a su estilo. El trabajo se desarrolla dentro de un proyecto que el joven no diseñó y cuya financiación no controla. La solicitud misma de muchas de estas ayudas depende del aval de una entidad, un tutor, un grupo receptor o una cadena de aprobaciones institucionales. Aunque formalmente no siempre sea el supervisor actual quien firma, el joven investigador rara vez se mueve en un espacio plenamente autónomo. A ello se añade un detalle silencioso: el investigador principal aparece como autor, a menudo firmante de cierre, en casi toda la producción del equipo, de modo que el trabajo del joven alimenta sobre todo las métricas de quien lo dirige.
A esa apropiación del mérito se suma otra más sutil: la del lenguaje. No es raro que el discurso del grupo se construya en primera persona del plural: "no nos han dado la ayuda", "tenemos que sacar este artículo". El plural suena a equipo, y a veces lo es de verdad. Pero con frecuencia disfraza una asimetría enorme: la solicitud es de quien empieza, el esfuerzo es del joven investigador que lo ejecuta, las noches en vela son suyas, y el "nosotros" aparece sobre todo para repartir un mérito que fue, en su mayor parte, de una sola persona, o para envolver en lenguaje de cuidado una decisión que conviene más al grupo que a quien la sostiene. Aprender a decir "yo" cuando el trabajo ha sido de uno es también, y no es lo de menos, parte de construir una voz propia. Es una forma de reclamación de autonomía.
No es una percepción aislada. Una revisión de las directrices de la carrera investigadora concluyó que la influencia del investigador principal y el alcance cerrado de los proyectos impiden que los jóvenes desarrollen su independencia, y reclamaba "formar mentes independientes" (Times Higher Education). Un estudio cualitativo con más de un centenar de investigadores noveles describió un sistema que no llega a tratarlos como independientes (Research Policy, 2024). Y hace años que se observa que la independencia, lejos de fomentarse, a veces se desincentiva, porque el postdoc trabaja sobre la subvención de otro y no puede llevarse ese trabajo a un laboratorio propio (Future of Research).
El ejemplo más fino lo da la propia Marie Skłodowska-Curie, una de las ayudas más prestigiosas de Europa. Entre lo que se valora está el potencial del investigador para alcanzar una posición de madurez e independencia; pero la propuesta se construye conjuntamente con el supervisor del centro de acogida, y la calidad de esa supervisión es un criterio central de la evaluación (Manual MSCA-PF 2025). Se evalúa la independencia dentro de un dispositivo que, paradójicamente, depende de una relación formal de acogida, supervisión y encaje institucional.
Así que la situación es esta: el sistema entrena durante años la subordinación del criterio propio, primero en lo administrativo y, más hondo, en lo mental, y después pide pruebas de criterio propio, y como prueba acepta sobre todo un dato, los meses fuera, que tampoco mide eso. Una "independencia demostrada" obtenida en ese marco refleja en buena parte si tu supervisor te dejó liderar, su generosidad y tu suerte al elegirlo, más que tu capacidad. No se puede dificultar una cosa, no medirla bien y, aun así, exigirla por su sustituto.
Hace treinta años tenía sentido. Hoy, mucho menos
Conviene entender por qué la estancia larga llegó a ocupar ese lugar, porque hubo un tiempo en que tenía todo el sentido del mundo. Hace treinta años, cuando la ciencia española era mucho más pobre y estaba mucho más aislada, salir al extranjero era casi la única manera de romper con una única escuela científica, de ver otros métodos, otras culturas de trabajo, otras formas de pensar un problema. El objetivo nunca fue viajar. El objetivo era exponerse a otras maneras de pensar, y entonces esa exposición casi solo cabía en una maleta.
Ese mundo ya no existe, ni en lo intelectual ni en lo vital. En lo intelectual, la diversidad tiene hoy muchas más puertas de entrada. Cualquier empresa tecnológica opera con su plantilla repartida en husos horarios distintos sin que pase nada: videollamadas, repositorios y espacios de trabajo compartidos, herramientas de mensajería que sustituyen al pasillo. La ciencia dispone exactamente de esas mismas herramientas y le cuesta enormemente usarlas. Los congresos en línea, por ejemplo, reducen la huella de carbono de un encuentro en torno a un 94 % y amplían de forma medible la diversidad y la inclusión, porque dejan participar a quien tiene cargas familiares, una discapacidad o pocos fondos, aunque es cierto que pierden la parte social, que probablemente sea más interesante que el 80 % de las charlas que por temática no te interesan. Aun así, el sector mostró una resistencia notable a adoptarlos en cuanto pudo volver a volar (Nature Communications, 2021; Times Higher Education).
Y en lo vital conviene recordar en qué consistía entonces aquel viaje y a quién se le pide ahora. Quienes salieron hace tres décadas lo hicieron muchas veces desde otra posición en la vida: con más estabilidad, en alguna ocasión incluso con una plaza ya en el horizonte, o con una certeza real de contratación posterior, no pocas veces acompañados de su familia. A quien hoy se le exige la estancia es a alguien que ronda los treinta, con un contrato precario y sin red, y se le pide bastante más que un traslado profesional: romper durante uno o dos años con su familia y sus amigos, abandonar sus hobbies en muchos casos, desarmar la vida que apenas ha empezado a construir. No es lo mismo viajar desde la seguridad que emigrar desde la precariedad, y el baremo trata ambas cosas como si fueran el mismo mérito.
La paradoja se cierra aquí: justo cuando han aparecido formas más eficientes, más inclusivas y a menudo igual de enriquecedoras de exponerse a otras escuelas, el baremo sigue premiando la forma más cara y excluyente, y descartando con un cero las demás. No se trata de negar que una buena estancia siga aportando; sigue aportando. Se trata de que el sistema ha confundido el único camino de hace treinta años con el camino obligatorio de hoy, y ha dejado de preguntarse qué era lo que ese camino servía. Quería diversidad de pensamiento; ahora certifica kilómetros.
Y quien solo quería quedarse a hacer ciencia
Hay además un perfil al que el sistema hace un daño particular, precisamente porque no encaja en su relato. No todo el mundo entra en la ciencia soñando con una carrera nómada en la que alterne posiciones en distintos grupos de investigación o empresas privadas. Hay quien, sin que ello reste un ápice a su talento ni a su rigor, no vive la línea de investigación como una bandera personal, ni el circuito de congresos como una meta, más allá de lo que tienen de reencuentro con la gente y socialización con colegas. Lo que de verdad le mueve es a la vez más sencillo y más hondo: hacer buen trabajo en un lugar donde está a gusto, echar raíces en un laboratorio, en un equipo, en una forma de trabajar y con una gente que le funciona y a la que aporta.
Durante mucho tiempo hemos tratado ese deseo como una falta de ambición. Es casi lo contrario. Va en la línea de buena parte de lo que sabemos sobre cómo cuaja el conocimiento: la continuidad, el dominio profundo de un sistema, la confianza acumulada dentro de un grupo y la memoria larga de un problema son condiciones de buena ciencia, no síntomas de conformismo. Querer quedarse en el sitio donde uno rinde puede ser la decisión más productiva, no la más cómoda.
Y, sin embargo, el baremo lee el arraigo como una bandera roja. Convierte el querer permanecer en una sospecha, obliga a elegir entre el lugar donde uno hace su mejor trabajo y la carrera que dice premiar precisamente ese trabajo, y termina apartando a la persona de lo único que pedía: quedarse a hacerlo bien. Es la forma más silenciosa de la misma confusión. Un sistema que dice buscar buena ciencia acaba empujando fuera a quien tenía las condiciones psicológicas y de entorno para hacerla, solo porque su mapa vital no incluía un sello en el pasaporte.

Quién paga esa confusión
Sustituir la madurez por la estancia no es un error neutro: tiene víctimas concretas, y conviene decir quiénes.
Lo paga, primero, quien no puede moverse en bloque durante un año. Es cierto que quien hace estancias largas tiende a acumular más citas, pero esa correlación refleja en buena medida quién puede irse, con qué apoyo, con qué red, sin qué cargas, antes que un efecto mágico del avión. Medida así, la estancia mide oportunidad, no talento, y convierte un privilegio de partida en una ventaja de llegada. Y la ironía se vuelve casi cruel cuando se mira la letra pequeña: se exige demostrar madurez marchándose a personas que rondan los treinta y llevan años en condiciones precarias, con salarios de referencia que durante años permanecieron congelados o insuficientemente actualizados respecto al coste real de construir una vida autónoma, en el caso de que tengan la suerte, porque se ha convertido en una suerte, de tener un contrato que se adecúe a su categoría profesional, y méritos que muchas veces se acumulan trabajando gratis (Público; El Salto). El mismo sistema que niega la autonomía material para construir una vida digna dentro del país exige después demostrar autonomía arrancándola de raíz. Se elogia la autonomía para irse a quien no se le ha concedido la autonomía para quedarse.
Lo paga, además, la propia ciencia, por una vía más sutil. Cuando los criterios los fija, evalúa y administra en buena parte el mismo grupo que ya superó las barreras, cualquier sistema cerrado tiende, sin necesidad de mala fe, a reproducir esas barreras en lugar de bajarlas. En la universidad española eso tiene nombre y números: en 2014, en torno al 73 % del profesorado se había formado en la misma institución que luego lo contrató, y análisis de convocatorias concretas han hallado más del 80 % de ciertas plazas en candidatos del propio departamento (Xataka Magnet). Hay quien matiza que no es endogamia sino lógica de cada centro; aun aceptándolo, si la selección depende de criterios que solo el comité entiende, la frontera entre lógica y dedazo la traza quien evalúa, sin control externo posible.
Y aquí, otra vez, el acuerdo con la postura sénior es mayor de lo que parece. Porque la alternativa a la estancia como sustituto no es el factor de impacto, que es igual de mal sustituto. Medir por cuartiles es un caso de manual de la ley de Goodhart: cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida, y llena la ciencia de incentivos perversos, desde trocear resultados hasta multiplicar coautorías de cortesía (PNAS, 2025; Research Evaluation, Oxford). De esa misma crítica nacieron la Declaración de San Francisco (DORA) y el Manifiesto de Leiden. El resultado de todo ello, sustitutos malos por arriba y por abajo, es que el investigador acaba dedicando su energía a optimizar lo que se mide en lugar de a investigar, atrapado en una carrera donde pesa más el indicador que la pregunta científica.
Sin quitarle un gramo de mérito a la experiencia
Nada de esto va contra el valor del criterio sénior ni contra las estancias. Un buen mentor cambia una carrera; el juicio formado durante décadas ve cosas que ninguna métrica captará nunca; y una estancia bien elegida, cuando se puede y se quiere, sigue siendo una de las experiencias más transformadoras que ofrece esta profesión. Quien defiende las estancias acierta de pleno al describir lo que aportan. La crítica no es a esa descripción, ni a las personas con experiencia que la hacen. Es a una estructura que ha tomado una buena descripción de un buen medio y la ha convertido en un requisito que mide mal el fin, mientras entrena la dependencia, premia el privilegio y se juzga a sí misma sin reglas claras.
Hay otra forma de usar la experiencia
Decir todo esto sin ofrecer una salida sería injusto, tan injusto como conformarse con la situación y tender a asumir que es lo que hay. No es lo que hay. Las barreras de las que hablamos las han puesto personas, y personas pueden quitarlas. Y quien tiene experiencia y poder dentro del sistema es, precisamente, quien más puede hacerlo.
Porque, ¿no sería un papel mucho más coherente para un investigador con experiencia ayudar a su gente a construir varias estancias repartidas, de algo más de tres meses cada una, que cumplen de sobra el umbral del baremo y a menudo enriquecen más que un único bloque de dos años, y financiarlas en lo que haga falta? ¿No sería más coherente pelear mucho más por financiación estable para que quien de verdad se implica, está a gusto y rinde de forma sobresaliente en el grupo no viva con el miedo a los periodos sin contrato, aunque eso le suponga al sénior mucho más trabajo persiguiendo dinero? Esa es la versión de la mentoría que de verdad construye independencia: la que usa el poder y la experiencia para retirar obstáculos, no para administrarlos.
La pregunta de fondo es incómoda, y conviene hacérsela en voz alta. ¿Estamos diseñando la carrera de quien empieza pensando en lo que de verdad le hace crecer y le hace feliz, porque sí, la felicidad en el desempeño también es crítica, o la estamos administrando teniendo en cuenta lo que más le conviene al grupo, a un coste que para el sénior es pequeño y del que además seguirá recogiendo los frutos, mientras quien carga con el esfuerzo y el desarraigo es siempre la misma persona, en nombre de una autonomía que nunca le hemos dejado ejercer? Plantearla no es un reproche: es la prueba del algodón de si un grupo y un sistema están de verdad al servicio de la ciencia y de quien la hace, o al servicio de otros intereses, no menos lícitos, pero distintos.
No discutimos si viajar es bueno
Conviene terminar dejando claro de qué va y de qué no va esto. No estamos discutiendo si salir al extranjero es bueno; lo es, casi siempre. No estamos enfrentados a quienes valoran la madurez; la queremos medir tanto o más que ellos. Estamos discutiendo una sola cosa, mucho más sobria y mucho más grave: si el sistema científico está midiendo de verdad aquello que dice querer medir, o se ha conformado con su sombra más cómoda.
Y la respuesta, hoy, duele un poco. Porque la madurez intelectual existe, es reconocible y es justo lo que necesita la ciencia, y el sistema tenía la oportunidad de aprenderla a identificar en todas sus formas: en quien la construyó fuera y en quien la levantó dentro, asumiendo sus decisiones y permitiéndose equivocar hasta forjar un criterio propio que es, en sí mismo, la verdadera prueba de haber crecido; en la estancia larga y en la colaboración breve pero intensa; en el viaje y en el juicio propio que no necesita avión pero lo aprovecha como nadie. En lugar de eso, sigue certificando meses. Cada vez que confundimos el medio con el fin perdemos exactamente lo que decíamos buscar: dejamos fuera a investigadores maduros porque maduraron por el camino equivocado, y dejamos entrar la oportunidad disfrazada de talento. No es una discusión sobre billetes de avión. Es la diferencia entre un sistema que reconoce la independencia y uno que se limita a contar sus indicios más baratos. Y mientras no la resolvamos, seguiremos pidiéndoles a los jóvenes que crucen fronteras para demostrar una libertad que, en el fondo, nunca les dejamos ejercer en casa. Pero nada de esto es una ley de la naturaleza: es una elección que tomamos, colectiva y personalmente, cada vez que evaluamos, dirigimos o financiamos. Y se puede elegir de otra manera.
Fuentes
- Misalignment of incentives in academic publishing (publish or perish, autoría como moneda de cambio). PNAS, 2025: https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.2401231121
- "Call to give early career researchers more independence" (revisión del Concordat; "formar mentes independientes"). Times Higher Education: https://www.timeshighereducation.com/news/call-give-early-career-researchers-more-independence
- Transitioning to independence: un sistema que "no los trata como independientes". Research Policy, 2024: https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0048733324001604
- Achieving independence in research career transitions. Future of Research: https://www.futureofresearch.org/2019/03/22/achieving-independence-in-research-career-transitions/
- Job autonomy y desempeño (metaanálisis, más de 300 estudios y 150.000 participantes). Academy of Management: https://journals.aom.org/doi/10.5465/AMBPP.2019.145
- Manual MSCA-PF 2025 (supervisión como criterio central; propuesta conjunta con el supervisor): https://horizoneuropencpportal.eu/sites/default/files/2025-06/radiance_msca_pf_2025_handbook.pdf
- Criterios ANECA ACADEMIA 2024 (estancia mínima de 3 meses; 6 y 12 meses para titular y catedrático): https://participa.aneca.es/processes/evaluacion-meritos-competencias/f/2/
- Congresos virtuales e híbridos: reducción de huella de carbono en torno al 94 %. Nature Communications, 2021: https://www.nature.com/articles/s41467-021-27251-2
- Congresos virtuales, equidad e inclusión. Times Higher Education: https://www.timeshighereducation.com/news/carbon-footprint-virtual-academic-conferences-revealed
- Salario de referencia (Juan de la Cierva y Ramón y Cajal) congelado desde 2011. Público: https://www.publico.es/ciencias/subida-salarial-empleados-publicos-afectara-investigadores-doctorados-falta-regulacion.html
- Precariedad y "trabajo gratis" para acumular méritos. El Salto: https://www.elsaltodiario.com/precariedad/investigadores-denuncian-universidades-se-quedan-parte-salario
- Endogamia universitaria en España (cerca del 73 % formados en su propia institución). Xataka Magnet: https://www.xataka.com/magnet/plazas-bicho-convocatorias-amanadas-problema-endogamia-universidad-espanola
- Goodhart's law e incentivos perversos en la evaluación científica. Research Evaluation, Oxford: https://doi.org/10.1093/reseval/rvag023